La renuncia de Joseph Ratzinger, mejor conocido como Benedicto XVI, a su envestidura papal ha creado muchas especulaciones, preguntas y revuelo; en una era en la que la Iglesia católica enfrenta un sinnúmero de problemas, muchos afirman que la renuncia del papa se debe a los escándalos de abusos sexuales, lavado de dinero y tráfico de influencias.

En un discurso leído en latín ante un grupo de cardenales en el Palacio Apostólico, el pontífice de 85 años de edad dijo que había decidido que, debido a su "edad avanzada" y los puntos fuertes de deterioro, dejaba su puesto de jefe de la Iglesia católica, algo que no se había visto en 600 años.

Ahora, las preguntas en la mente de muchos son cuál será el futuro de la Iglesia católica y si el próximo pontífice continuará los lineamientos conservadores y tradicionalistas de Benedicto XVI o si por el contrario, tendrá una postura más abierta, liberal y progresista.

Encuestas realizadas por diferentes instituciones indican que mientras el 46 por ciento de los católicos quieren que el próximo papa se mueva en nuevas direcciones, el 51 por ciento quiere que mantenga posiciones tradicionales. Los católicos pro cambio quieren una iglesia más moderna y de mente abierta que les permita a los sacerdotes casarse y revisitar asuntos como el matrimonio gay, pero que sea dura con los abusadores sexuales. Mientras que el 74 por ciento de los encuestados tenía una opinión favorable del Papa Benedicto XVI, la gran mayoría se mostraron molestos por la forma en la que manejó los escándalos de abusos sacerdotales, con el 63 por ciento dándole una calificación regular o mala y solo el 33 por ciento calificándolo de excelente o bueno en esa cuestión.

The New York Times reportó que en Estados Unidos la figura del papa ya no ostenta en nuestra sociedad actual el poder y el peso que solía tener en otras épocas y que “los católicos americanos opinan que su iglesia y obispos están desconectados [del Vaticano], y que se sienten más cercanos a sus sacerdotes y monjas locales”.

A diferencia de pasadas ocasiones, no se tiene un claro candidato para suceder a Benedicto XVI; entre los más plausibles figuran el cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán; el cardenal Christoph Schoenborn, arzobispo de Viena; el cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga de Honduras y el cardenal Marc Ouellet, el canadiense prefecto de la Congregación para los Obispos. Este último vivió muchos años en Colombia, habla perfecto español y es la opción más fuerte fuera de los purpurados europeos; es además presidente de la Pontificia Comisión para América Latina y el candidato con más conocimiento de los asuntos americanos y latinos.

Expertos en asuntos religiosos creen que el nuevo papa mantendrá el conservadurismo de Benedicto XVI, sobre todo porque la mayor parte del colegio cardenalicio fue seleccionado por el propio Benedicto.

El expapa se encuentra ya descansando en la residencia papal de verano, el Castel Gandolfo, desde donde se dedicará a orar por el futuro de la iglesia, pero su sucesor tendrá una larga lista de tareas por hacer cuando asuma su envestidura; entre ellas están el reanimar la llama de la religión en una sociedad cada vez más secular y desconectada de la doctrina del Vaticano que no ha conseguido evolucionar a la par; resolver los problemas de burocracia y malos manejos políticos al interior de la Santa Sede; encarar los escándalos de abuso sexual y las nuevas cuestiones que siguen poniendo sobre la mesa los católicos en el mundo como el matrimonio de los sacerdotes y de los homosexuales, el sacerdocio para las mujeres, las relaciones sexuales prematrimoniales y el uso de métodos anticonceptivos, entre otras; así como las escabrosas relaciones entre otras doctrinas como el Islam y el Judaísmo y con vertientes ultratradicionalistas de la iglesia como La Hermandad Sacerdotal San Pío X, que se opone férreamente a la reforma que sufrió el catolicismo tras el Concilio Vaticano II en los años 60.