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Nuestra aventura hacia la tierra del coquí comenzó cuando nuestra agente de viajes Claudia De La Espriella de Cartagena Travel & Tours nos sugirió que esta era una buena época para visitar Puerto Rico. “Los tiquetes están a buen precio y el clima es excepcional en esta temporada”, dijo. No lo pensamos dos veces; nunca había ido a la “Isla del Encanto” y moría de ganas por comprobar si le hacía honor a su lema, que ya es prácticamente una marca registrada. Lo mejor de todo es que era como hacer un viaje doméstico.

Llegamos a San Juan en una cálida mañana de verano; el cielo resplandecía de un azul intenso, salpicado por unas cuantas nubes profundamente blancas. Tomamos el carro de alquiler, y nos dirigimos hacia el hotel por una de las cuantas autopistas que atraviesan la ciudad de este a oeste y que dejan ver claramente el capital americano en la infraestructura isleña.

Restaurante típico "Raíces" en el Viejo San Juan

Nuestro recorrido por la capital boricua comenzó justamente en el sitio donde comenzó la ciudad misma y el eje turístico más importante de la isla: el Viejo San Juan. Era la hora del almuerzo y al ver las calles adoquinadas de la ciudad vieja, sus colinas, y el inclemente sol isleño que golpeaba con fuerza a esa hora, pensamos que la mejor idea sería recargar baterías antes de comenzar nuestra exploración del distrito histórico. Nos hablaron mucho de un restaurante llamado “Raíces”, ubicado en la calle Recinto Sur, y de hecho, saliendo del aeropuerto, vi un anuncio del lugar en un taxi. Temíamos que fuera a ser una de esas trampas para turistas que abundan en tantos destinos. Con todo, decidimos arriesgarnos y no nos arrepentimos; la espera de 20 minutos en la puerta valió la pena: la comida estuvo exquisita y el servicio excepcional. San Juan nos daba la bienvenida con excelentes muestras de su cocina criolla, como el “Tornado”, un jugoso churrasco relleno de puré de viandas, coronado con camarones y bañado en salsa de hongos, y el típico mofongo relleno de churrasco al chimichurri y camarones al ajillo. Para complementar nuestros manjares, unas Medallas, la cerveza nacional de la isla, bien heladas, y para el cierre con broche de oro, dulce de lechosa (así le dicen a la papaya) con queso fresco del país, y tres leches, ambos hechos en casa y unas obras caleidoscópicas de arte en el juego de colores que hizo el chef con las salsas y jarabes en la presentación.

Salimos extasiados de “Raíces” listos para absorber la historia de San Juan Bautista. Recorrimos las calles recubiertas de un curioso adoquín azuloso que le dan un look único y peculiar al Viejo San Juan, diferente al de otras ciudades coloniales que conozco, como Cartagena de Indias. La ciudad tiene la típica disposición de las construcciones españolas de la época, con calles estrellas y hermosas casas multicolor, adornadas de suntuosos balcones de hierro forjado o madera, faroles y flores tropicales… un verdadero deleite a la vista, con un aire muy romántico. Abundan todo tipo de negocios, desde cafés y bares con un toque más bohemio, hasta restaurantes elegantes, tradicionales, discos, galerías, tiendas de diseñadores y de artesanías, donde se pueden encontrar las tradicionales máscaras llamadas “vejigantes” o los “santos”, que son imágenes de santos talladas en madera, muy típicas de la isla.

Camino hacia el Fuerte San Felipe del Morro, una de las edificaciones más imponentes y de las atracciones imperdibles del Viejo San Juan, pasamos por varias de las calles más importantes del centro histórico como la Calle San Sebastián, llena de bares, restaurantes y comercio; las famosas Calle Luna y Calle Sol, que inmortalizó Héctor Lavoe en su canción; la Calle del Cristo con la legendaria Capilla de Cristo al final y sobre la que se encuentra uno de los hoteles más icónicos y bellos del Viejo San Juan: El Convento, que solía ser un convento de monjas (de ahí su nombre); la Calle San Francisco, donde se encuentra una de las mejores y más conocidas discotecas de salsa, el “Nuyorican Café”; y la Calle Fortaleza, que de noche se transforma en una de las más agitadas y con la mejor vida nocturna, y al final de la cual se ubica el Palacio de Santa Catalina, también conocido como La Fortaleza, que construido en 1533 por órdenes del rey Carlos I de España, es actualmente la residencia del Gobernador de Puerto Rico y la mansión ejecutiva en uso continuo más antigua del Nuevo Mundo.

Vista de la ciudad desde el Fuerte San Fernando del Morro, con el faro en primer plano.

La vista de la ciudad desde el fuerte era impresionante, así como las vistas de la bahía de San Juan y del mar abierto; un extenso espacio verde separa al fuerte de la ciudad, el cual utilizan los locales a sus anchas para hacer picnics, jugar, volar cometas y hasta para hacer ferias artesanales como la que sucedía esa tarde de sábado. Algo muy curioso aquí es la presencia de un cementerio a todo el borde del mar, el Santa María Magdalena de Pazzis, construido en la era colonial y lugar de entierro de varios puertorriqueños prominentes. Según cuentan, la ubicación del cementerio al lado del mar era para simbolizar el viaje del espíritu al más allá.

Tras varias horas recorriendo las bellezas y joyas arquitectónicas del Viejo San Juan, hicimos una pausa para refrescarnos con una “piragua” (lo que conocemos en Colombia como “raspado”, en Venezuela como “cepillados” o en Cuba como “granizados”) en un puestecito ambulante muy típico en San Juan. De repente, escuché un sonidito de campanillas que hacía mucho tiempo no escuchaba; se trataba de los carritos de helados, que también se ven en mi país, y que me inundaron de muchos recuerdos, y que, a pesar de estar lejos, me transportaron a casa y me hicieron maravillarme de cuán parecidos son a veces los escenarios en todos los países latinos, cada cual con su toquecito, claro.

Al caer la tarde, volvimos al hotel para descansar de nuestra caminata por el Viejo San Juan y para recargar energías, ya que nos esperaba una noche de sábado literalmente “brava”.

Así se ponen las noches de sábado en "Brava Nightclub & Ultra Lounge", una de las discos más exclusivas de San Juan.

Ubicada al interior de El San Juan Resort & Casino, uno de los hoteles más emblemáticos e históricos de la ciudad en el sector de Isla Verde, unos 20 minutos al oeste del Viejo San Juan, la discoteca “Club Brava & Ultra Lounge” es una de las más importantes y exclusivas de toda la isla. Según nos contaba su simpática y carismática ejecutiva de cuentas y gerente de promociones, Astrid Martínez, mientras nos hacía un completo tour por la discoteca, es uno de los lugares favoritos de celebridades como Luis Fonsi, Enrique Iglesias, Michelle Rodríguez, Zoe Saldaña, Russell Simmons, José Juan Barea, Chris Evans y otros famosos que no dejan de visitarla cada vez que están de paso por la isla. El reconocido club nocturno presenta un concepto uspcale, con una decoración ultra moderna acompañada de la instalación del mejor y más moderno sistema de sonido y de luces de Puerto Rico; el lugar hace parte de “The S Collection”, un grupo de empresas entre las que se cuentan restaurantes y bares como la enoteca y tapería “Di Vino” y el ultra chic lounge “Eternal” en el vestíbulo del Conrad Condado Plaza Hotel, en el exclusivo sector del Condado. Brava cuenta con dos pisos; en el primero está la sala principal donde el DJ residente Leo Morales, DJML, pone a todos a bailar con las mejores mezclas de los éxitos del momento de hip hop, house y reguetón. En este nivel se ubica el “VIP Spot” de Cîroc Vodka, una mesa VIP semi encerrada en forma de cabina con un diseño innovador, que es la única que tiene acceso directo a la pista de baile. En el segundo piso se encuentra el “Ultra Lounge”, un área un poco más relajada al estilo lounge con una barra oval en el medio, donde se puede disfrutar de una música más chill out o electrónica, así como ver todo el reventón que sucede en el primer piso desde ventanales de vidrio. En este nivel hay cabinas VIP a lo largo de la pared para servicio de botella, así como la “Sala Don Q”, un espacio VIP separado a puerta cerrada para los que quieren un poco más de privacidad. Definitivamente el “Club Brava & Ultra Lounge” es el lugar para ver y ser vistos en San Juan, perfecto para los que les gusta la fiesta al estilo South Beach con la gente más bella y selecta de la ciudad.

Mofongo de amarillo con carne en salsa de setas del kiosco "La Parrilla" en Luquillo.

Nuestro segundo día en San Juan comenzó un poco tarde; después del parrandón en Brava hasta casi las 4 de la mañana la noche anterior, quisimos dormir un poco más. Esta vez nos aventuramos hacia las afueras de la ciudad, en búsqueda del Bosque Nacional El Yunque, una de las atracciones turísticas más populares de la isla, y una que todos mis amigos y conocidos puertorriqueños encomendaron imperativamente conocer. Uno de los meseros del hotel nos recomendó que, ya que íbamos hacia El Yunque, hiciéramos una parada en los kioscos camino a la población de Luquillo. Al parecer, esta es otra de las atracciones más populares de la isla, y se trata de una larga hilera de casitas, alrededor de unas 60, al estilo de chozas o cabañitas, todas numeradas y con una amplia y variada oferta gastronómica; es como un parador de comidas al borde de la carretera, con la diferencia de que aquí son muchos. Decidimos tomar la recomendación de un vendedor de agua en un semáforo sobre la Ruta 3 y nos fuimos al kiosco número 2, llamado “La Parrilla”. ¡Qué bueno que lo escuchamos! A pesar de que la decoración y el ambiente eran algo sencillos y sin mucho adorno, el lugar era muy limpio y la comida era simplemente espectacular. Sentados a una mesa con vista al azul turquesa del mar y experimentando como se desarrollaba la vida del puertorriqueño medio con sus ires y venires y hasta sus dramas familiares (en ese solo rato que estuvimos allí vimos como una mujer vino a reclamarle a su esposo, uno de los meseros del kiosco, porque este le había puesto los cuernos), comenzamos nuestro almuerzo con un delicioso popurrí de típicas frituras puertorriqueñas: alcapurrias de marisco, sorullitos de maíz, queso frito con salsa de guayaba, y arepas de coco. El festival gastronómico continuó con el mofongo; mi compañero de viaje, nuestro Publisher, amante de la comida de mar, prefirió un mofongo relleno de mariscos en salsa criolla; por mi parte, yo pedí un mofongo de plátano maduro, relleno de carne en salsa de setas. Los mariscos tenían el sabor fresco, prácticamente como acabados de pescar, y el twist dulcecito que le dio el plátano maduro a mi mofongo era más delicioso de lo que me pude imaginar.

Tras el festín, regresamos a la entrada de El Yunque, el único bosque lluvioso tropical en el sistema de parque de los Estados Unidos, y uno de los lugares más bellos que jamás haya visto. Son muchas las estaciones que tiene este parque de más de 100 km cuadrados de extensión, por lo que decidimos ir a una de las más populares: las Cataratas de La Mina. Después de unos 30 minutos de caminata por entre un fresco y tupido bosque de aire húmedo sobre un sendero bien marcado, llegamos a un riachuelo que cae en una hermosa cascada de agua muy fresca, en donde todos los turistas y visitantes se meten a tomar un refrescante baño al pie de la belleza natural que crea la caída del agua. Curiosos que somos, descubrimos que en la cima del riachuelo, en la parte alta de la cascada, hay otra parte del riachuelo a la cual se puede acceder por un costado de los escalones del sendero que pasa por ahí, y que es mucho más privada, solitaria y aislada que la parte inferior, atiborrada de bañistas, y que también cuenta con otra cascada un poco más pequeña pero igualmente bella. Allí, en nuestra “área VIP” en las Cataratas, tomamos un refrescante descanso en medio de la exuberante naturaleza y la belleza de las formaciones geológicas de las piedras.

Vistas de las playas del exclusivo sector del Condado desde el parque "La Ventana al Mar", con el icónico hotel La Concha en primer plano.

Después de la naturaleza, volvimos a San Juan para explorar el exclusivo y vibrante barrio del Condado, donde se ubican algunos de los hoteles más lujosos de la isla, así como algunos de los mejores restaurantes y las residencias y apartamentos más costosos. Sobre la Avenida Ashford, la primera calle del sector y eje central del barrio que bordea los edificios que dan hacia el mar, se ubican algunas de las tiendas de más alto perfil y de renombre internacional como Gucci, Cartier, Christian Dior, o de grandes diseñadores puertorriqueños como Nono Maldonado, y restaurantes ultra chic como el excelente “Budatai”, del reconocido chef puertorriqueño Roberto Treviño, quien saltó a la fama al participar en el programa “Iron Chef” del Food Network. Justamente enfrente de este restaurante se encuentra uno de los espacios verdes y abiertos más lindos de San Juan, “La Ventana al Mar”, un parque recientemente inaugurado que tiene palmas, fuentes y senderos que llevan hasta el mar y terminan en una especie de balcón estilo malecón para observar el océano y la hermosa playa de arena dorada del Condado, con todos los edificios de fondo.

Esa noche, nos quedamos explorando el Condado y decidimos tomarnos un trago en un lugar muy trendy que nos recomendaron llamado “Oceano”, ubicado sobre toda la arena de la playa, al final de la calle Vendig. El lugar es un moderno lounge de tres pisos, completamente blanco y minimalista con tenues luces en colores fríos como el azul, desde el cual se puede apreciar perfectamente la playa de Condado, mientras se disfruta de la música electrónica y unos buenos cocteles Premium. Creado por Todd Berman, un neoyorquino que hace muchos años se mudó para Puerto Rico enamorado de la isla, Oceano le ofrece a las noches de San Juan una opción cosmopolita, chic, con una clientela bastante variada y mixta.

Carne guisada y arroz con habichuelas en el restaurante típico "La Casita Blanca" en el barrio Santurce.

Al tercer día, llegó la hora de despedirnos de Puerto Rico, y lo hicimos de la mejor manera: ¡comiendo! Nos fuimos al barrio residencial de Santurce para probar un lugarcito muy sencillo pero altamente recomendado por los locales, tanto, que un día cualquiera puede toparse uno con altos funcionarios del gobierno isleño almorzando allí, según aseguraba nuestra mesera. Ubicada en una esquina y enfrente de un taller de mecánica está “La Casita Blanca”, un lugar que recoge algunas de las mejores delicias de la comida criolla. Por varios años, este restaurante familiar ha deleitado a locales y turistas con una excelente comida casera a muy buen precio. Allí, le dijimos adiós a nuestra aventura con unas sangrías de maví (la raíz de un árbol con la que se hacen bebidas muy típicas en Puerto Rico), una carne guisada con arroz y habichuelas, y con “salud, dinero y amor”, un shot de un licor anisado con tres granitos de café adentro, un trago al que le conocen en la isla como “chichaíto” (que también incluye ron blanco en la mezcla).

Lo cierto es que la “Isla del Encanto” realmente nos encantó, ya fuera por la amabilidad de su gente, sus bellezas naturales o arquitectónicas, sus sonidos melódicos o sus exquisitos sabores. ¡Ah sus sabores! El sabor de la raza boricua brota por cada resquicio de las calles de San Juan, ya sea en los bellos adoquines azules de la ciudad vieja, o en los modernos bulevares de Condado o Isla Verde, incluso en los kioscos a las afueras de la ciudad, se respiran exquisitos aromas de deliciosas concocciones y se escuchan los ritmos de una raza alegre y amable que baila, canta y encanta.

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